¿Quién es el malo? (Cuando pase la tormenta)

Nairobi, 6 de enero de 2011

El hombre se estiró como un gato perezoso después de despachar un suculento tazón de leche. Por fin había conseguido instalarse y estaba muy cansado. Su avión había salido hacia Nairobi con cinco horas de retraso, tiempo que había invertido para usar todas sus influencias e investigar sobre David Silkford.

Por suerte, aquellas horas de demora no habían sido tiempo perdido, al contrario de lo que había ocurrido con los dos días que había estado siguiendo la pista de Mary Mantley en su ordenador. ¿Pero cómo iba a encontrar a su presa, si estaba siguiendo una identidad falsa?

¡Aquel inglés insufrible iba a pagar cara su desfachatez! Había sabido jugar muy bien sus cartas pero ¡a él con esas tretas…! Estaba listo si pensaba que podría engañarle; tenía contactos y sabía moverse.

En cuanto tecleó «Laura de la Calle» en el programa de búsqueda de las compañías aéreas, la localización fue inmediata y, antes de salir de Londres, ya tenía una clara idea de por dónde empezar a buscar. El Departamento de Inmigración de Kenya ya tenía registrada su llegada y, ¡eureka!, incluso sabía dónde se alojaba: hotel Ambassadeur de Nairobi.

No obstante conseguir una habitación en aquel selecto alojamiento no había sido nada fácil. Estaba completo, pero en África todo se compra y se vende. Y por fin, tras un par de preciadas horas de regateo y un generoso soborno, se encontraba cómodamente tumbado en una enorme cama de la quinta planta, después de haberse dado una refrescante ducha.

Sus pesquisas allí no habían tenido demasiado éxito, aunque ya lo tendrían. Con paciencia y dinero estaba seguro de obtener lo que buscaba.

Pero antes tenía que descansar. Seguro que la muy zorra se creía segura, dedicándose a pasear como una turista ociosa por aquella gran ciudad mientras utilizaba su nombre español. ¡Qué gran maniobra de despiste! Silkford era un tipo duro de pelar y muy astuto. Ni siquiera él conocía ese detalle de la doble nacionalidad de la chica, pero hasta ahí había llegado la suerte de su oponente.

«¡Tiembla, puta! Ya estoy aquí, ¿no sientes mi aliento en el cogote?».

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