Mirando al mar soñé

Aquí me tenéis, querid@s amig@s, recién llegada de presentar mi primera novela en la FNAC de La Coruña, donde he disfrutado de un fin de semana del que me costará algún tiempo reponerme.

Cuando el pasado verano, en aquel mismo paraje y mirando al mar, tomé la decisión de publicar Cuando pase la tormenta, nunca supuse que aquel ataque de osadía me reportaría semejante maremoto de emociones. Porque sí, sabía que sería arriesgado y que poner a disposición del lector anónimo las historias que rondan mi cabeza me haría sentir feliz e insegura a partes iguales, pero lo que nunca pude imaginar es que el balance sería tan satisfactorio.

Y no porque el camino esté siendo un paseo por la alfombra roja del éxito, porque no lo está siendo, pero lo que sí sé es que me está mereciendo la pena intentarlo; algo que jamás hubiera imaginado antes. Y menos aún aquella mañana de julio, cuando tomé la decisión de arriesgarme mientras miraba a las olas que morían con fuerza en Riazor y que, ajenas al desaliento, volvían a resurgir mar adentro para reiniciar una nueva aventura con la única esperanza de llegar, en esa ocasión, un poco más lejos sobre la arena de la playa.

Ese mar que siempre me ha acompañado, a pesar de ser yo de tierra adentro, puso a mi alcance una impagable lección: será difícil, será costoso, incluso será baldío porque es casi imposible llegar a alguna parte, pero si una simple ola puede hacer reír a un niño o que un surfista aventurero sienta la adrenalina correr por sus venas, arrancándoles una sonrisa de satisfacción y un irrepetible momento de diversión, tal vez mi trabajo también aporte alguna de estas sensaciones al osado lector que se atreva a internarse en mi novela.

Supongo que no se os escapa que he pasado, paso y seguiré pasando por las lógicas etapas de cualquier autor novato. Del desánimo más devastador salto a la euforia descerebrada por obra y gracia de un halago —seguramente exagerado— de un lector bienintencionado, para caer minutos después bajo el cruel mazazo del insulto gratuito de alguien que escucha en mis palabras un discurso totalmente diferente al que realmente he verbalizado. Pero aún así, creedme, merece la pena.

Porque, cuando por fin consigo alejarme de mis propios sentimientos y mirar el panorama desde lejos, me doy cuenta de que las rocas que asoman a pocos metros de la orilla no impedirán que la ola llegue a su destino si esta ha tomado la dirección adecuada y que, incluso estrellarse contra el farallón salpicando espuma blanca también tiene su misión y su encanto.

La mayor parte de las veces no depende de la calidad del agua, sino del azar y de la voluntad de viento. Unos pocos litros no deciden ser los elegidos, casi siempre es más una cuestión de estar en el lugar y el momento adecuados. Pero aún así, lo importante es estar ahí e intentarlo. Provocarlo.

Palabra, recrearse en el vaivén del mar es de lo más aleccionador ya que es comparable a cualquier acción de nuestras vidas. Fijaos si no...

Un simple golpe de viento provoca que la vida oculta bajo tan inmensa masa de líquido elemento levante una pequeña franja. Nadie sabe dónde va a formarse, ni cuándo ni por qué, pero la suerte y la casualidad juegan su papel ajenos a la voluntad del océano.

Y una novela, cualquier novela, la mía, la tuya, la de otros; las que alcanzan las listas de bestsellers o las que jamás llegan a ocupar un lugar en la estantería de una librería; las que ven la luz en la máquina de una imprenta o las que se ocultan en los chips de un ordenador anónimo, son las olas de un inmenso mar dispuestas a morir al final del camino. Pero así como la llegada de cientos de ellas configuran un paisaje, los aventureros de las páginas en blanco tienen un sentido en el océano del mundo literario. Porque al igual que las mareas horadan la firme roca y modifican la vida de sus habitantes y de los excursionistas que de vez en cuando pasean por allí, nuestros escritos hacen soñar a aquel que se atreve a adentrarse en ellos cambiando la fisonomía de su entorno, aunque solo sea por unas horas.

Lo que al principio es una simple elevación de agua, frágil y cambiante, poco a poco va creciendo y haciéndose visible a ojos de todo aquel que está mirando la superficie. En ocasiones solo se trata de una rizada cinta de espuma que es engullida por la masa, oculta entre dos olas más grandes, que muere en su intento sin llegar a puerto; otras es una de esas ondas que despierta con furia y se estrella contra las rocas de la bahía o los riscos que la limitan. La mayoría de las veces, sin embargo, se apagan lentamente en la orilla, después de un tranquilo y plácido deambular, mojando un sinfín de culetes desnudos de bañistas que aún no han cumplido dos años.

Y, a veces, solo en raras oportunidades, surge uno de esos terribles tsunamis que arrasan todo a su paso y de los que el mundo entero habla durante largo tiempo. Pero aún en su destrucción, la ola asesina tiene un cometido, una función de limpieza de la que es imposible eliminar los daños colaterales. A su paso ha anulado lo malo, lo efímero, lo inútil, sumergiéndolo todo en el mar del olvido y dejando una impronta imborrable.

Y siempre, absolutamente siempre, esas olas —ya sean plácidas, furiosas o incluso homicidas— han cumplido su papel.

Quizá mi propia ola solo sea una de tantas de efímera existencia que muere sin llegar a parte alguna, tragada por la fuerza y el empuje de otras que nacieron con más enjundia; tal vez lo haga al encontrar en su camino una de esas rocas que, como las de la playa de Riazor, adornan y embellecen la bahía; o a lo peor en su insensato atrevimiento se estrelle contra el farallón empujada por la corriente y los vientos del Norte, haciendo ruido y salpicando espuma. Pero en cualquier caso, le ha sido permitido vivir y ha sido agraciada con el placer de dejar que alguien cabalgue en una tabla sobre su grupa o provocado la risa infantil de un niño juguetón.

Me conformo con que mi cometido haya sido despertar la sonrisa, animar o hacer pasar un buen rato de uno solo de sus lectores. No era otra mi pretensión. Nunca lo fue y nunca lo será. Pero, de momento, está a mitad de viaje y nadie conoce aún su destino, si bien rezo para que los vientos me sean propicios.

Y, en cualquiera de los casos, el trayecto está siendo tan maravilloso… Verme acompañada en el viaje por esas olas grandes, que me animan a seguir, que me acompañan en cada presentación incluso desviando su propio rumbo y haciendo kilómetros para estar a mi lado, que me acogen en su espacio y me prestan por un rato a los suyos, que me hacen sentir una de ellas, aunque ni siquiera tengo espuma que corone mi cresta, me está haciendo soñar de tal manera que, por favor, no me despertéis todavía.

Porque quiero que esto dure y lo haga durante mucho tiempo.

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Camila Winter28 de febrero de 2012, 10:59

Mis felicitaciones Lucía me encanta la novela, tiene un pontencial... Con el mar para inspirarte, ese ser fascinante hermoso y maligno a la vez... Mucha suerte, besos Camila Winter

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Lucía de Vicente28 de febrero de 2012, 19:39

Camila, mi novela nada tiene que ver con un temporal en el mar, más bien con una tormenta de sentimientos y situaciones en mitad de la sabana africana, jajajaja

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Cris28 de febrero de 2012, 18:58

Creo que cuando deciste publicar "Cuando pase la tormenta" no podías pensar en que nos hiciste muy felices a algunas personas y que al cabo del tiempo has hecho felices a muchas otras personas que te han descubrierto....una excelente autora que comparte con el mundo sus estupendas historias.... Besis Cris

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Lucía de Vicente28 de febrero de 2012, 19:40

¡Qué maja es ella! jajajaja. Gracias, Cris

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María Elena29 de febrero de 2012, 13:33

Desde luego, el mar, esa inmensa masa de agua puede hacer que las neuronas se activen potencialmente. Tu novela está esperandome en la estantería a que termine la que estoy leyendo. Ya te contaré cuando la lea.

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  • Lucía de Vicente29 de febrero de 2012, 13:39

Ay, qué nervios... Espero que te guste y luego, no te olvides de hacerme llegar tu opinión sincera, aunque sea negativa, que de eso también se aprende... Besos, María Elena

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