Excursión a Thompson Falls (Cuando pase la tormenta)


David se sentó frente a la mesa de cristal y enea que había bajo el porche y encendió un cigarrillo que enseguida le pasó a ella.

—He pensado que a lo mejor te apetecía ir a almorzar a las cataratas Thompson.

—¡Oh, claro que sí! —contestó de inmediato, pletórica.

Lo cierto era que para David debía de ser muy fácil complacerla, porque se entusiasmaba como una adolescente con cualquier cosa que pudiera venir de él; era muy consciente de que, por pequeña que fuera, era un regalo. Hubiera sido una torpeza por su parte que, a resultas de la nueva relación que mantenían, hubiera empezado a comportarse como una amante caprichosa. Estaba segura que él no lo hubiera soportado ni cinco minutos, pero es que tampoco le nacía hacerlo.

—Bien, entonces voy a preparar la excursión. Tómate tu tiempo para arreglarte.

Poco después partían en el todoterreno por un camino arenoso que les llevó hasta la carretera que conducía a Nyahururu.

Preparada para un viaje que había imaginado más largo, se puso cómoda en el asiento del copiloto, dispuesta a absorber con ojos ávidos las maravillas del paisaje. El tráfico de la carretera era considerable.

Los chiquillos los saludaban con sus manos de chocolate y nata desde las ventanillas de los autobuses locales que se cruzaban en el camino, y muchos de los destartalados vehículos hacían sonar su bocina a modo de despedida. La hospitalidad keniana que tanto la asombraba se dejaba sentir en cada curva del camino.

Sin embargo, en poco más de una hora, estacionaban el Toyota en la explanada del Thomson's Falls Hotel, donde también había aparcados un par de autobuses que habían diseminado una barahúnda de turistas por la zona.

El restaurante del hotel todavía no había abierto cuando entraron, aunque el personal no puso pegas en atenderles y servirles una apetitosa comida llamada irio —una especialidad kikuyu a base de guisantes, patatas y maíz hechos puré, y carne a la parrilla, cuya procedencia no supo, ni quiso, averiguar—, acompañada de maíz asado y plátano, que regaron con vino del país. Tampoco faltó el negro y reconstituyente café local.

—David, me gustaría que me dejaras pagar esta comida —dijo a la vez que tiraba de la manga de su camisa y le apresaba las manos que sujetaban la cartera.

—Otro día, cariño —replicó, rehusando su ofrecimiento con una mirada que no admitía queja alguna.

—Me siento fatal. Me siento una mantenida caprichosa.

David soltó una carcajada. Pagó al camarero y la cogió por la cintura para salir del pequeño comedor.

A excepción de la seguridad que emanaba el guía en su paseo hacia el camino que les llevaría hasta el borde de las cataratas, nada les distinguía del resto de europeos que deambulaban por los alrededores con cara de asombro.

—¡Hacía mucho que no tenías ninguno de tus ataques feministas! —volvió a reírse, ya en el exterior.

—No empieces con tu letanía —le reprendió, soltándose de su abrazo—. Hoy no tengo el ánimo para amargarme el día con inútiles controversias sobre lo que yo opino que es igualdad y tú consideras feminismo mal entendido.

—Estoy seguro, milady, que eres una de esas mujeres que nunca dejas que los hombres te inviten a cenar y te empeñas en pagar tu parte. ¿A que sí?

—Pues estás muy equivocado. Sin embargo, no me parece nada bien lo que hago contigo.

—¿Ah, no? —y dejó un silencio incómodo, que llenó con su habitual sonrisa, burlona y cínica—. ¿Qué es lo que haces conmigo? —dijo por fin, al ver que ella no continuaba con el discurso.

Caminaron durante poco más de un minuto hasta llegar al mirador, desde el que se contemplaba una espectacular caída de agua, de más de setenta metros, que levantaba bruma y cargaba de humedad el ambiente.

—Estoy esperando —la pinchó él de nuevo—. ¿Qué es eso que haces tan mal conmigo?

Ella pensó que se había precipitado con las palabras, pero ya era demasiado tarde para eludirlas y no quedaba más remedio que afrontarlas e intentar aclarar, de una vez por todas, las inquietudes que hacía días la abordaban.

Observó cómo él se disponía a escucharla con atención, a la vez que la incitaba a hablar sin apartar la miraba de sus ojos. De espaldas a la cascada, David apoyó los codos hacia atrás sobre la barandilla y flexionó una pierna hasta hacer que el talón descansara encima de los maderos. Se sintió turbada y, a fin de escapar de su escrutinio, se acodó junto a él para simular que contemplaba el paisaje.

Sin embargo, llegados a este punto, la conversación adquiere un caracter un poco, ¿cómo diría yo...? ¿Espinoso?

Sí. «Espinosa» puede ser la palabra, pero creo que deberías de ser tú quién la pusiera nombre. Pero, para ello, me temo que no te va a quedar más remedio que leer la novela porque me parece que te voy a dejar con la intriga.

Sí, soy cruel. Lo siento...

Bueno, vale. No te enfades. Te transcribo un poco más, aunque permíteme que me salte esa conversación...

...Pero Mary no tenía ninguna experiencia en aquel juego. El deporte del amor y, sobre todo el del desamor, requería práctica. Máxime si pretendías tirarte un farol. Y cierto era que ella aprendía rápido —a todos los niveles, por cierto—, pero no tanto como para medirse con él. A favor de su conciencia, o su falta de ella, podía decir que él tenía demasiada práctica.

La tomó de la mano y empezó a andar por la explanada.

Mary se aferró a los dedos de David como si esa fuera la única forma de retenerle a su lado. Como si temiera que en ese mismo instante le tomara la palabra y fuera a echar a correr en busca de su siguiente amante.

El entorno, a pesar de aquella preciosa cascada, nada tenía que ver con otros que habían visitado. Una fila de pequeñas cabañas de souvenirs habían borrado de un plumazo el aspecto salvaje y natural de la Kenya que, paso a paso, se había colado en su alma.

Los lugareños exponían su mercancía y llamaban la atención de los transeúntes para que no se marcharan sin su recuerdo; batiks multicolores de dibujos geométricos, vestidos kangas decorados con proverbios en swahili, bolsas multiusos confeccionadas con fibra de sisal y todo tipo de figuritas de madera toscamente esculpidas.

Hubiera parado en cada puesto para regatear por cualquiera de los objetos expuestos si no hubiera sido porque David tiraba de ella con férrea determinación.

Estaba claro; no le gustaba esa feria ni sus feriantes.

Ella sabía que no podía fiarse de ellos, ya que podría conseguir cualquiera de esas baratijas a menos de la mitad del precio en un lugar menos turístico, pero le costaba resistirse. Por fin consiguió detenerse frente al solitario tenderete de un hombre enjuto de frondoso y ensortijado cabello blanco que sacaba brillo, a pleno sol, a la talla en ébano de un león de tamaño algo menor que una cantimplora. Una veintena de figuras abstractas del mismo material delimitaban el espacio que le correspondía.

Se quedó prendada de una de ellas, de casi un metro de altura, llena de curvas y agujeros. No era capaz de encontrar ningún significado al diseño, pero le atrajo de inmediato.

—Son makondes, lo más parecido al arte escultórico que puedes encontrar en África —le explicó David ante sus gestos y movimientos de cabeza—. Aunque no es artesanía autóctona, son muy populares en todo el continente.

El viejo, atraído por el idioma y el aspecto de sus posibles compradores, levantó la cabeza de su quehacer con una encantadora y mellada sonrisa.

—¡Ébano auténtico bwana! ¡Comprar para su guapa esposa! ¡No ghali. Mucho barato! —exclamó con voz cascada, chapurreando un pésimo inglés mientras raspaba la base de la escultura con una puntiaguda lezna—. ¡Solo veinte milshilling!

Ella hizo una rápida operación matemática para convertir los chelines kenianos en libras esterlinas.

Le pedía cerca de cien libras. No lo consideraba una cifra elevada, pero sabía que David no tenía intención de comprarla. Seguro que pensaba que se trataba de una falsificación del ébano, cualquier otra madera de peor calidad teñida con cera negra, y lo más fácil era que estuviera en lo cierto.

—No nos interesa, gracias. Es muy pesada para ir de viaje. Tal vez en otra ocasión —confirmó él sus sospechas, con un amable inglés—. Pero te compro elsimba por cincuenta mil senti —contraofertó hablándole en centavos, al tiempo que lo levantaba del sucio paño sobre el que el viejo lo había depositado y lo daba la vuelta en sus manos en busca de cualquier resquicio de tinte bajo la panza del animal.

—¡Oh, no, bwana! ¡El simba son doscientos milsenti!

Observó divertida el regateo. Al cabo de un largo rato, que llegó a parecerle interminable, ya que consideraba que el precio era bastante bajo para el trabajo que conllevaba, el anciano aceptó venderles el león por cien mil senti. Mientras David sacaba los mil chelines kenianos, el nativo le entregó a ella el animal envuelto en un arrugado y sucio papel color marfil y les deseaba, agradecido, todo tipo de parabienes.

Un grupo de pintarrajeados bailarines, al ver que acababan de comprar al escultor, les abordó con la intención de conseguir unos cuantos centavos a cambio de dejarse fotografiar con ellos.

David, que no parecía haber recuperado el humor después de la conversación que habían mantenido, fue mucho menos paciente con ellos que con el anciano y, en pocos segundos, se encontraba inmerso en una agria discusión en swahili, de la que ella no entendió nada, pero que quedó zanjada al instante tras lo que pareció, por el tono, una clarísima amenaza. El pobre viejo asistía atónito a la escena, asombrado por la pericia lingüística del europeo que minutos antes se había comportado de forma tan correcta y turística con él. Ella se refugió, temerosa, contra el pecho de su acompañante, que la apretó con fuerza por el hombro en protector abrazo.

Abandonaron deprisa el lugar para tomar el sendero que bordeaba las cataratas y el camino que descendía a la base, sin mediar palabra. El piso era empinado y resbaladizo. Ya no quedaba rastro de la horda de turistas ni de los vendedores ambulantes cuando ella reparó en que, todavía, llevaba en la mano la estatuilla recién adquirida.

Al cabo de un rato, David paró en un repecho para que Mary pudiera contemplar el paisaje y sacara alguna instantánea del arco iris que enmarcaba la torrencial caída. A pesar de que sabía que aquel día había decidido no coger su equipo profesional de fotografía, la había visto guardar en el macuto una pequeña Leika de óptica fija y necesitaba alejarla de su contacto durante algunos minutos.

Si no aplacaba su furia y su ánimo, todavía revuelto, y más después de la bronca con los nativos, podría cometer alguna tontería. Se sentó en una roca, al borde del camino, con la esperanza de que la quietud recién recuperada le ayudara a conseguirlo.

Ella se demoró el tiempo suficiente como para poder controlar parte de su rabia. El escandaloso silencio de la selva les rodeaba de nuevo en el momento en que ella se sentó a su lado para volver a guardar la cámara y fumar el cigarrillo que le ofreció. Recogió el león del suelo, donde lo había abandonado para ir a hacer la foto, y lo desenvolvió con cuidado.

—¿Por qué has regateado tanto con ese pobre hombre? —le preguntó de repente mientras lo miraba con atención—. Es precioso y nada caro. En Londres te hubiera costado tres o cuatro veces más.

—Lo más seguro es que no sea de ébano, así no pienses que he engañado al viejo —repuso—. Pero no importa, lo he comprado porque está muy bien hecho. Y aunque lo fuera, le he pagado un tercio de lo que él considera un sueldo más que decente —se defendió mientras arañaba la base de una pata con una pequeña navaja que sacó del bolsillo, para cerciorarse de la autenticidad del material.

—Pues por lo que veo, él tampoco te ha engañado a ti. Por mucho que rascas no consigues descascarillarlo… —Ella tenía razón, así que no respondió—. ¿Quieres que te lo guarde en la mochila? Así no nos estorba al andar.

—Puedes hacer lo que quieras con él. Es tuyo. —Y se lo devolvió.

—¿Mío? ¡De ninguna manera! Lo has comprado para ti. Quedará precioso en tu despacho.

—No, milady, tú lo querías; lo he visto en tu mirada. Lo he comprado para ti. Para que recuerdes que uno de ellos nos dio la pauta sobre cómo comportarnos durante los dos meses siguientes y que, ante su triste cadáver, te di el primer beso. Quedará mucho más bonito sobre tu escritorio.

—David… ¡No me digas eso, por favor! —Sorprendido, vio que ella tenía los ojos llenos de lágrimas.

Sin saber muy bien cómo darle las gracias, y puesto que estaba claro que lo deseaba con toda su alma, Mary se puso en pie para darle un cálido beso en los labios en señal de aceptación, después de guardarlo con cuidado en su mochila.

Él respondió con un abrazo pero, antes de que pudiera darse cuenta, la pasión nubló su mente.

Y allí, ante semejante panorama...

...Y al amparo del vergel que les rodea, ¿ocurrirá algo que cambie el devenir de los acontecimientos?

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Cuando pase la tormenta

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