¡Ya ha llegado la Navidad!


Pues ya tenemos aquí las Navidades. En poco más de veinticuatro horas, los niños de San Ildefonso darán el pistoletazo de salida a las fiestas para que, al son de su popular cantinela, los españolitos de raza vayamos cayendo en esa locura transitoria que nos invade al llegar estas fechas.

Mañana es el día de las vacaciones para los más pequeños y el que da comienzo a todo un calvario de compras y prisas para los más mayores, mientras reivindicamos la salud y los parabienes, puesto que los muy desaprensivos criaturos sanildefonseños no han sido capaces de dar con nuestra combinación ganadora. (Grrrrr)

Yo, personalmente, tengo un cierto rechazo a todo esto. Y no porque me falten seres queridos que me recuerden tiempos felices (que afortunadamente todavía tengo a casi todos a mi alrededor), ni porque me pongan melancólica, porque para mi bien no comulgo con Machado en eso de que «cualquier tiempo pasado fue mejor», sino porque me da por pensar por qué el género humano será tan insensato, siendo yo una de las encabezo la lista de la borreguez reinante, claro está.

Y eso que, en mi mentecatez suprema, soy de las que pienso que lo mejor está por llegar y nunca es tarde para alcanzarlo. Vamos, que veo la botella medio llena… Lo que celebro porque, quieras que no, me ahorra un montón de sufrimientos.

Simplemente, lo que me pasa con las Navidades es que me ponen frenética. Pero no temáis, no voy a repetirme ni a insistir en lo mismo que ya os contaba el año pasado y que aún sigue estando vigente en mi pensamiento —aunque si alguien tiene curiosidad basta con que se dé un paseo por aquella entrada—, lo que me repatea es la monotonía.

¡Qué mal llevo eso de la monotonía! Y es que una es más movida que un garbanzo en la boca de un viejo y tener que hacer lo mismo cada año, por narices, lo lleva fatal. Encima, en esta ocasión con un montón de recursos menos.

¡Porque hay que ver la que nos está cayendo! El pulpo debe de estar frotándose sus ocho manos y elevando una plegaria de agradecimiento al Cielo, al vernos padecer el justo castigo que durante años nos hemos limitado a infligir.

Pero bueno, dejemos eso, porque que ya es Navidad y no es momento para lamentarme por la crisis… Sí, sí. Lo siento por todos aquellos que pensáis que el 21 se acaba el mundo y con ello llega el fin de vuestros problemas económicos, porque va a ser que no; que vais a tener que seguir coleccionando los cientos de rosarios que aún os quedan por hacer con las cuentas que vendrán en los próximos meses.

En realidad, esta entrada sólo era para haceros llegar mi cariño y mis buenos deseos, pero sobre todo para daros las gracias por haber permanecido un año más a mi lado.

Y para que no digáis que soy un tostón y que escribo una novela para decir lo que otros expresan con un simple «¡Feliz Navidad!», aquí os dejo mi postal. En ella he intentado sintetizar todos mis deseos y esperanzas.

Un beso enorme y que el 2013 os traiga todo aquello que esperáis.

Mejor dicho… ¡NOS traiga!

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Cris20 de diciembre de 2012, 21:44

Querida Lu, Felices Navidades y que el nuevo año venga cargadito de cosas muy, pero que muy buenas....que pronto nos podamos reunir para echarnos unas charlas filosóficas de las cuatro de la mañana y que comer con las amigas con las que tan poco tiempo podemos estar físicamente sea de los momentos más entrañables del año.... besicos y un fuerte abrazo raist/Cris

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Maite Vázquez20 de diciembre de 2012, 23:09

Feliz Navidad a ti también, Lu! Por un glorioso 2013 repleto de alegrías y triunfos(¡Porque nosotras los valemos!). Bicos

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Freyja Valkyria21 de diciembre de 2012, 15:06

Feliz Navidad :D Este 2013 que dentro de nada empieza seguro que viene con muchas cosas buenas, con esperanzas, y con ilusión ;) Un besazo!

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